Aquella noche llovía como si nunca hubiera de parar. L, frente a la ventana del salón, apuraba el último sorbo de café mientras pensaba como iba a decirle a R que el zueco de porcelana que le regaló en su última visita a Holanda se había hecho añicos. Pero hoy no. Hoy le tocaba hacer de profesor y a ella hacer de niña desobediente. Y llevaba demasiado tiempo sin sudar bajo las sábanas.
AGOSTO
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No es justo criticar las letras tristes de alguien (cuando tú también estás
rota).
Hace meses que no hablamos el mismo idioma. Quizá la línea se ha aver...
Hace 11 meses






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