Desangraban luces por las avenidas de la ciudad
al ritmo de los latidos de los semáforos.
Anoche soñé que se acercaba la distancia.
Y no comprendí por qué mis huesos no dejaban de aferrarse a la tierra
a pesar de todos los intentos de despegar mi piel.
Anoche soñé que una mano me rozaba.
Y creí ser tú.
Un cuerpo que no era el mío
hecho de mi carne y de mis huecos
intentando imaginarme al desnudo.
Anoche soñé que soñaba con el último milagro.
El de ser soñado por tu sueño
para al fin...
dejar de soñar.

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